Carta de noviembre 2018

El centro de esta reflexión mensual es San José de Calasanz. Es justamente en noviembre que celebramos su patrocinio y cuando nuestros estudiantes esperan con ansias la Semana Calasancia para compartir, aprender y divertirse con sus compañeros. Pero celebrar a Calasanz desde nuestro Colegio Cristóbal Colón no puede quedarse en lo superficial y ruidoso. Celebrar a nuestro santo fundador es la gran oportunidad de reflexionar si estamos siendo fieles a su proyecto de más de 400 años. Sabemos que es el padre de la educación popular universal y de la escuela primaria moderna, pero rara vez consideramos su proyecto extraordinariamente novedoso de educación integral.

Calasanz afirma que Dios ha dotado a todas las personas de múltiples dones que, bien cultivados, se convierten en medio de realización y felicidad para ellas, en beneficio y esperanza para toda la sociedad. Así, los dones no cultivados y en peor caso, negados o mutilados, son causa de dolor y frustración para cada quien y de empobrecimiento dañino para toda la colectividad. Por eso es una auténtica tragedia cuando un niño, ya desde temprana edad escolar, pueda concluir que no vale para el arte, para el deporte, para las ciencias o las letras.

Le escuela tiene una clara obligación de dotar a sus alumnos de las competencias necesarias para desempeñarse con oportunidad ante las exigencias de la realidad; sin embargo, tiene la escuela calasancia otra obligación, cuál es hacer crecer y desarrollar los dones de nuestros jóvenes. Para ello es fundamental conocerlos y penetrar su mundo, descubriendo así su interna inclinación.

La educación debe suscitar los estímulos necesarios, que ayuden a que nuestros alumnos conozcan aquello que vibra en su mente y late con fuerza dentro su corazón. Es el saber conocerse, hacerse las preguntas adecuadas y calibrar los anhelos.

La acción educativa bien entendida tiene que estar atenta a esa triple realidad: la de los grandes grupos con sus edades y procesos comunes; la de los pequeños grupos y sus patrones de socialización y comportamiento y, finalmente, a cada estudiante en particular, dando una especial atención a las tendencias o cambios que sugieran situaciones de riesgo, grave dificultad y extravío.

Todo este proceso corresponde a la escuela, pero también a la familia. De allí que sea tan importante compartir marcos y miradas comunes entre ambos. Suscitar lo mejor de los muchachos necesita de procesos estables y responsables. Penetrar en su interior requiere sobre todo la llave del amor (capaz de abrir todos los cerrojos), pero también paciencia y criterio de oportunidad. Pues al igual que los adultos, los niños y jóvenes tienen sus espacios y momentos, y como nosotros, pueden reaccionar mal cuando los invadimos con torpeza o cuando los exponemos a la burla y escarnio de otros. Hacer grandes crisis de situaciones pequeñas y puntuales es tan torpe como dejar pasar conductas repetitivas que nos parezcan riesgosas o abiertamente negativas. En el fondo se trata de amar, pero conociendo tan bien al que deseamos amar, que nuestros afectos respondan adecuadamente a sus necesidades.

Por ello, recordar a Calasanz nos compromete con una visión integral e integradora de nuestros alumnos, para que se vayan realizando como personas y la sociedad no pierda ninguno de sus dones. ¡Qué el Señor nos ayude en la gran misión de cuidar, educar y hacer crecer a sus predilectos: los niños y jóvenes! ¡Un fuerte abrazo a todos!

P. Rodolfo Robert Esquivel, Sch.P.
Titular General del Colegio Cristóbal Colón