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Carta de diciembre 2019
Navidad: una nueva oportunidad

He querido retrasar la publicación de esta carta para estar más cerca de la fiesta de Navidad, núcleo celebrativo de diciembre y esperanza del año y de la vida. Y es que en medio de las carreras, fatigas heredadas y agobios frente a lo incierto del futuro, se nos escapan los regalos gratuitos de Dios; esos que muchas veces damos por supuestos y que esconden auténticos milagros. De ese calibre, sin duda, es la Navidad.

Se trata de un misterio extraordinario: Dios se abaja y se hace pequeño e indefenso para que todos podamos acogerlo con amor y sencillez. Como María, somos invitados a recibirlo, abrazarlo, darle abrigo y descanso. Es el gran milagro del amor ardiente del Padre todopoderoso, quien envía a su Hijo para salvarnos, porque el Verbo encarnado no es un ídolo que se manifieste con brillo, magia y poder, sino la Eternidad que viene a todos por igual en la pequeñez extraordinaria y referente por excelencia de vida: un niño. Y llega en la precariedad de sus padres, en una realidad violenta y llena de oscuridades. Toca tierra en un sencillo pesebre, pero tiene como techo protector la grandeza del cielo; porque la fragilidad del mundo y la grandeza del Eterno se funden en una sola realidad. ¡Es la Navidad, donde Dios llega para que todos podamos reconocerlo, recibirlo, amarlo y adorarlo!

En este encuentro sorprendente entre Dios y la humanidad, todos somos capaces de descubrir una nueva mirada hacia lo que nos rodea, pues de alguna forma el misterio que acogemos nos concede la gracia inmensa de comprender muchas cosas desde la presencia de Dios. A la manera de los pastores, símbolo de pequeñez y sencillez, nosotros también somos invitados a reconocer a Jesús. Ni siquiera la oscuridad de la noche, puede evitar su encuentro con la luz y la verdad que se les anuncia dentro y fuera de ellos. Reciben la luz de una nueva claridad que los impulsa a un inesperado camino, donde más allá de su trabajo pastoril, son convocados a algo mucho más grande: ser testigos del amor de Dios para todos. Descubren (y nosotros con ellos), que para dar gloria a Dios deben comprometerse con la paz de la tierra.

En esta unidad estrecha con el Salvador, miramos el silencio de tantos que están cerca. Muchos son como María y José. Están cansados y padecen los sufrimientos propios de un largo camino y la sensación de no tener un lugar en la sociedad. Y con Jesús nos conmocionamos por ellos y renovamos la misión de mostrarles que la promesa es verdadera: llevan a Dios muy dentro y su vida tiene siempre un propósito. Nos conmocionamos al reconocer que juzgamos con mucha facilidad a los otros por sus apariencias y que con nuestras actitudes, no solo perjudicamos la promesa en otros, sino que empobrecemos y devaluamos también la nuestra. Nos sorprendemos de las injusticias y perjuicios que salen de nuestro ser y pedimos perdón. Así, lejos del falso brillo de las apariencias, el misterio de Cristo nos recuerda la serena sobriedad que salva sin aspavientos, pero llena de generosidad y entrega. Por eso pedimos al Altísimo la luz y fortaleza para gastar también nuestra vida por lo que vale la pena, por lo que da vida, por lo que sabemos que nos toca y es indispensable para los demás. Nos animamos a nacer de nuevo, pero conscientes, más que nunca, que nuestra existencia tiene sentido y Dios nos ha hecho necesarios para el bien y la felicidad de muchos.

Pero también es oportuno recordar a los que están lejos y se encuentran en el camino de sus búsquedas. A la manera de los pastores que se ponen en marcha y de los Magos de Oriente que buscarán siguiendo la estrella del conocimiento, nos congratulamos con los esfuerzos de tantas personas por el bien de los demás. Celebramos el amor y el calor de todos los que están en camino, pues hoy la distancia se desvanece y queremos sentirlos cerca. A los que ya viajaron a la eternidad y a los que están por venir; a los que comparten nuestra fe y a los que no lo hacen; a los que imaginamos con nitidez y a los que cuyos rostros nos parecen más distantes. A todos los traemos bajo el mismo cielo de Dios, el mismo cielo que marca la altura y grandeza de nuestro amor.

Para unos y otros, convencidos de que esta es la mejor forma de dar gloria a Dios, reafirmamos nuestra convicción por dar amor, crear solidaridad y sembrar la paz en esta tierra. ¡Todos somos necesarios, porque todos somos hijos de Dios! ¡Qué a lo largo de esta jornada tengamos un momento para reconocer y agradecer la grandeza de Dios que habita en nuestra vida! ¡Es el gran regalo que recibo y debo repartir!

Para toda la comunidad educativa y la gran familia Colón: ¡Muchísimas gracias! ¡Qué Dios los bendiga! Y… ¡MUY FELIZ NAVIDAD!

P. Rodolfo Robert Esquivel, Sch.P.
Titular General del Colegio Cristóbal Colón